15 de mayo de 2019

9 de mayo de 2019

El olor de los libros viejos

El olor de los libros viejos
Carlos de la Rosa Vidal

Preguntaré si conoce el olor de las cajas con los libros que descansan. Es un olor que se adhiere a la respiración, entre los alvéolos de nuestras teorías y creencias. Hablaré del olor de las cajas y de los libros que esperan un lugar en la biblioteca oficial.
Del olor, porque pienso en lo que irradia un libro viejo. Los libros leídos veinte años atrás y que al abrirlos nos transportan a la época de su lectura. Libros con el olor para despertarnos los mismos sentimientos de los años marchados, con polvo de nostalgia. Los libros leídos son también nuestra memoria.
Abro una caja, para descubrir un libro que apenas recuerdo, el olor y el polvo son los mismos que otras cajas con libros conocidos. Desentierro un libro que me es extraño, me detengo para indagar la historia de su adquisición, pero ya lo he olvidado. su historia conmigo jamás será recuperada. Son de esos libros, con sus olores, que uno ha guardado, pero que nunca ha leído.
Me huelen igual, esos libros viejos que no he leído y los libros con lecturas veteranas. Los leeré por el olor que desprenden. He pensado en ocultar, entre páginas, algunas pistas como tarjetas, papelillos con breves frases o mis pensamientos, como un guiño a próximos lectores. Para que esos fragmentos de escritos huelan igual al libro que los cobijará.
Las manos se arropan con polvo, comienzan a oler igual que los libros.  De adolescente, estornudaba con exageración, ante la atmósfera de un libro viejo. Ahora deduzco que, si un adulto estornuda, escandaloso, ante un libro hospedado en una caja, es un tipo que lee apenas el periódico de la mañana; o es un tipo alérgico, que fallece si no se alimenta con libros que huelen a guardados.
Cuando buceo entre libros de mi biblioteca, ya no sólo busco alguna novedad como en una librería, ahora también recupero su olor. Que me da un certificado de autenticidad. Los libros de las cajas aún no portan el estatus de ser miembros de la biblioteca en la habitación de estudio. Permanecen aislados, a la espera de promoción, para llegar a la estantería de los libros de trabajo. Mientras tanto, que huelan a historia, que conserven la serie de recuerdos de cuando los he leído. Siento que los libros que rodean mi escritorio huelen distinto, o acaso el polvo diario que se le adhiere, los hace oler diferente.
Abro una caja, y si tuviera un espejo cerca, observaría una sonrisa cómplice o el ceño que se frunce por el olor que me despiertan algunos recuerdos. Abro cajas en busca de libros que no he leído, me topo con el olor que huele a pasado. Sí, el olor huele (añada una sonrisa en este espacio por favor). El olor me transporta a la historia. Cierro la caja, me despido de los libros. Ya no los huelo. Pero, continúo oliéndolos en mi cerebro como si el olor fuese un recuerdo. Una estampa de los días de lecturas enterradas, de emociones sobrevivientes, de años que hoy me sonrojan.
-          9 de mayo de 2019

1 de mayo de 2019

Susurraré sobre el amor, ante la hormiga y la gaviota

Susurraré sobre el amor, ante la hormiga y la gaviota
Por Carlos de la Rosa Vidal

Susurraré sobre el amor. Ese misterio que se me ha escapado de los ojos, como polvo recién liberado de las pestañas. Susurraré sobre su mística. Porque, hablar de amor como enamorado, es hacer una oda a un presente que uno anhela eterno, a un tiempo que se descompone en tiritas de fugacidad. Hablar del amor, cegado en él, es hacerlo creyéndose repleto de universo, pero quizá es sólo hablar de prontas ausencias.  Entonces, es no decir nada importante para la historia.
Hablar de amor como alguien que ha amado, que se ha enamorado siete veces, de la misma persona o de tantas otras, es hablar como testigo, como sobreviviente, acaso para narrarle a los nietos, de los propios amores como si fuesen amores alquilados a la Edad Media. Quienes amaron diez veces suelen valerle al poeta para zurcir amores que nunca tuvo con amores que siempre quiso.
Hablaré para que sólo escuchen las hormigas. Yo no sé si las hormigas se enamoran. Quisiera decir que sí, solo para escribir sobre la arena, sobre la que las observo correr, que el amor es camino; o más precisamente, el caminar; o más precisamente, el ir y retornar en busca de alimentos, sabiendo en el sincero latido, que sólo se busca porque existen los otros. Y quisiera decir que las hormigas no aman, que ellas sólo existen para el reciclaje de los alimentos desahuciados. Diré que las hormigas subsisten porque no conocen el amor.
Los monjes místicos han besado con susurros a los vientos. Añadiré un beso más. Susurraré con una voz semejante al silencio, añadiré vacíos a las palabras, insertándoles pausas, rellenándolas de tropiezos con la lengua. Diré que el amor es ese vuelo, de la gaviota que se escapa hacia sí misma. Que también vuela para otros.
Y me susurraré. Las palabras rodarán como el polvo de un derrumbe, sobre el viento, para llegar al comienzo. A cualquier comienzo. Y amaré en la suspensión de los pensamientos. Observaré como rueda el polvo que ha volado con la gaviota, que se ha rendido ante la hormiga. Sabré que he respirado palabras, el viento que otros besaron ayer.

23 de abril de 2019

29 de abril de 2019

Llegar a dónde comenzó la búsqueda

Llegar a dónde comenzó la búsqueda
Por Carlos de la Rosa Vidal

A los dieciocho años establecí una frase de vida, un susurro a mi conciencia, un guión vital: «Llegar a dónde comenzó la búsqueda». Me pareció un viaje de aparente paradoja. Con el tiempo, intenté esclarecer la idea. Me revelé una breve respuesta. Sí, volvemos a donde empezó la búsqueda, pero jamás regresamos los mismos. Retornamos, aunque lejos físicamente de la partida, a nosotros mismos.
Somos esencialmente un viaje; aún sedentarios, no somos más que una marcha; aún inmóviles, somos un recorrido en el tiempo. El punto de partida avanza con el viajero, porque uno se traslada con memorias, recuerdos, historias. Sus negaciones, pavores, vergüenzas. Hasta con los fósiles que sustentan algunos aprendizajes. Alguno descubrirá que lo importante no es llegar, sino siempre partir. Que no sólo será la ocupación de una meta, sino la gloria cotidiana de vivir un ensueño, una utopía, un ocultamiento voluntario, un peregrinaje sin publicidad.
Observaremos a quien fuimos en las partidas.  Con la iluminación de transitar con la búsqueda que establecimos. Miraremos con comprensión a quien, un tiempo atrás, partía por una calzada entre la incertidumbre y la esperanza. Daremos paso a la memoria en un turismo interior. El punto de llegada viajará con nosotros desde el inicio. El día en que llegamos, nos veremos en el día en que partimos.
Culmina el viaje, para pronto continuar. Despedimos a quien contemplaremos desde el futuro. Partir es siempre una despedida, de quien hoy somos. Esas despedidas son inevitables, irrevocables. Así acontezcan las peores desgracias sobre un individuo, ya no retorna a quien ha sido. Sobre el hombro, colgarán las insignias de viajes, experiencias, heridas, años. Los acumulados al portar el cometido en la respiración, en el trayecto por las estaciones; por la redención; por el encuentro con el propio héroe; en el descubrimiento de que somos nuestras víctimas.
Y en dónde se detenga la marcha, apreciaremos el punto de cualquier partida. Comprenderemos que somos una nostalgia que por fin retorna; o una esperanza que acaso se mantuvo indemne, juvenil; o una tragicomedia sin más condena, que fluye interminable hacia la muerte. Comprenderemos que somos devenir. Acaso llegaremos a dónde comenzó la búsqueda, sabiéndolo un proceso más. Acaso descubriremos que somos un viaje sin más propósito que rodar. Acaso descubriremos que la vida no sólo es llegar, sino siempre continuar, o sólo siempre partir.

-       Carlos de la Rosa Vidal
29 de abril de 2019

24 de abril de 2019

Cuando duelen los silencios


Cuando duelen los silencios
Por Carlos de la Rosa Vidal

            Hay silencios que son una medicina, luego de solitarios gritos por alguna desesperanza. El silencio que le ofrece atmósfera a un abrazo. El silencio encendido al estrechar las manos al término de una compleja negociación. Hay miradas que son silencio. Sonrisas cómplices que son silencios de optimismo. Pero hay algunos silencios que duelen más que un porrazo de palabras.
            Son los silencios que apretujan los nervios. Los silencios que acumulan palabras, que las contienen, que las ahogan. Silencios que envejecen el aliento. Silencios en resistencia, de prontas despedidas. Silencios que preparan su propio rescate, para una posible liberación o una callada ausencia.
Duele ese silencio que suena como el ruido que ya no está presente, pero continúa oyéndose en la memoria. Y duele. Preferimos que esos silencios nos duelan a nosotros, que a nuestras familias. Preferimos que esos ruidos de recuerdos nos rasguen los caracoles del oído, a herir los rostros de inocentes, a infectar los silencios de los otros.
Cada peregrino carga sus silencios. Esos apagones de palabras y luces para aprender a llorar. Porque hasta llorar, cura. Hay silencios que desesperan, que encuentran comprensión en un silencio acompañado. Hay silencios incurables, que contienen el peso de muchos ruidos que no han de pronunciarse.
Hay algunos silencios que duelen, cuyo destino es servir de tránsito hacia silencios acogedores, hacia sonidos que nos harán arder como aves escarlatas y amarillas. Hay silencios que continuarán doliendo hasta cremar los huesos. Algunos silencios, retornarán a ser un soplo, aunque forastero, en la patria de los silencios comunes. Otros silencios que han dolido, que secaron la memoria con pausas y retrocesos, se convertirán en silencios que inspiren.

-       Carlos de la Rosa Vidal
24 de abril de 2019

22 de abril de 2019

Las palabras como alas y encierros

Las palabras como alas y encierros
Por Carlos de la Rosa Vidal

Morimos en vida, decepcionados de nosotros mismos, al asumir como sagradas, las palabras de los demás. De niños, la palabra como orden, orientaba. Hoy, adultos, las palabras de los demás como mandatos hasta pueden evitarnos el vivir, si las creemos con una importancia mayor que el propio pensamiento.
De niños, las reglas y hasta la orden severa representaba un cobijo de palabras, necesarias para el aprendizaje. Para evitarnos contratiempos, desgracias cotidianas, heridas domésticas, los mayores pregonaban reglas; una palabra bastaba, cual orden, para emprender el camino a ser buenos chicos.
Ayer, las palabras que eran órdenes de los mayores constituían un refugio contra el frío de aún no saber, de la vida que se presentaba. Hoy, ya adultos, las órdenes de los demás hasta suelen constituirse en una cárcel de palabras. No hablo de las palabras nobles del anciano que ha sobrevivido a las olas más duras y sabe cómo mirar. Condeno las palabras de quienes desprecian su propia vida, el optimismo natural de los otros y pretenden reglar la existencia del resto, vigilar hasta la sonrisa de una nobleza de espíritu.
Cuando niño, una palabra fuerte del adulto acogedor hasta te salvaba del error. Una palabra acompañaba hasta las próximas equivocaciones. Ahora, de adulto, hay quien, por no saber vivir, le grita al compinche para que ni siquiera intente ahogarse de vida. El estéril y hambriento pretende enseñar a comer al recién nacido.
La palabra del sabio continuará sirviéndonos de cobijo. La palabra del miserable, que desprecia el éxito del vecino; que pretende erigirse en consejo sagrado; que, en lugar de dar alas de expansión, otorga grilletes de encierro. Ante las palabras de quienes desean que observemos con la oscuridad de sus intenciones, sólo agitaremos las manos en un adiós, con el movimiento de los labios que sonríen de despedida. Practique el ritual de agradecer las palabras que nos han dirigido desde niños, pero sólo quedémonos con la palabra habilitadora, con el consejo del duendecito del hombro izquierdo.
Permanezcamos en compañía de la palabra que derrota, a nuestro lado, los límites que otros pretendieron imponernos. Que nos importe poco, o tremendamente nada, la opinión pesimista de quien no accede a la tentación de vivir.
-       Carlos de la Rosa Vidal

22 de abril de 2019

4 de febrero de 2019

Motivateca #013 - La Respuesta ante el Destino - Carlos de la Rosa Vidal -


Motivateca #013: La Respuesta ante el Destino,
Sólo nosotros responderemos a la pregunta de quiénes somos y sobre el sentido de la vida.

Carlos de la Rosa Vidal - La Respuesta ante el Destino

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